Lo que aprendemos de los niños: alegría, paz y pureza de corazón

Lo que aprendemos de los niños: alegría, paz y pureza de corazón

En el momento en que nacemos se nos otorga un gran regalo. No importa la raza, religión ni condición socioeconómica; al nacer adquirimos el regalo de la paz y la alegría, y debemos protegerlo con nuestras vidas y por nada del mundo perderlo.

Y si piensas que esto no puede pasar, piensa otra vez.

Sin embargo, nuestra frustración e infelicidad — así como las guerras y otros conflictos — amenazan estos derechos tan importantes. Hoy están más en peligro que nunca. El odio, la violencia y la frustración hacen que la tierra se vuelva un lugar cada vez más infeliz. Nuestro derecho a la paz y la alegría se está esfumando ante nuestros ojos, y especialmente para nuestros niños, que a menudo se sienten indefensos. Son nuestros conflictos internos, memorias, opiniones, creencias, y esa necesidad de tener razón o la última palabra, lo que no nos permite ser felices.

Hace dos meses durante una visita a Tuxtla Gutierrez, México, tuve la oportunidad de conocer a los niños y niñas de la Casa Taller. Son chicos de la calle, de familias disfuncionales, muchos de ellos envueltos en situaciones de adicción y abuso. Durante la presentación, les hice una pregunta: “¿qué le dirían a los adultos?”.

Uno de ellos me dijo: “que persigan sus sueños”, y luego agregó: “yo quiero ser maestro de robótica”. Lo miré y le dije: “Si tú lo crees, tú lo puedes conseguir. Nuestro poder está en cómo pensamos, si decimos que podemos, podemos”.

La inocencia y naturaleza de un niño está marcada por su esencia. Ellos ven el mundo de manera diferente, con una programación distinta. Debemos aprender de ellos, de su intuición e inspiración, de cómo confían en sus corazones. Si lo hacemos, tendremos hijos que creerán en sí mismos y podrán crear un mundo mejor.

Debemos comenzar a ver la vida como la ven los más pequeños: sin juicios, opiniones ni creencias limitantes; donde todos nuestros pensamientos sean puros y espontáneos. A este estado natural, lo llamé Zero Frequency®, donde todos debemos esforzarnos por estar. Los niños ya tienen esta conexión, ven la vida con ese color y libertad de la que nos hemos estado alejando lentamente. Ahora es momento de volver a esa misma frecuencia, de volver a cero.

Con el tiempo, nosotros hemos mal aprendido a escuchar a “la voz de la razón”. Volvamos a creer que todo es posible, que no hay límites para nuestros sueños. Hay una línea en el libro ‘El diario de Ana Frank’ que dice “Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro y que pase lo que pase volverás a ser feliz”. Esta niña vivió el horror del Holocausto, pero nunca perdió la conexión con su esencia.

Cada niño es especial y tiene talentos únicos, dones naturales y un ritmo perfecto. Es nuestro deber ayudar a nuestros hijos a recuperar y preservar esas cualidades innatas. Ellos pueden apreciar quiénes son y no dejarse llevar por lo que dicen los demás. Saben que no tienen que ser perfectos y pueden perdonar fácilmente y tener el coraje de seguir su pasión.

Los niños no llegan a nuestra vida solo para aprender, principalmente son ellos los que vienen a enseñarnos y ser nuestros maestros. Démosles el ejemplo, capturemos su esencia y empecemos a tomar 100% responsabilidad en nuestras vidas. Dejemos de culpar, de tomar las cosas personalmente y preocuparnos. Mostrémosles que los problemas son sólo un escalón hacia la libertad, y que todo pasa por alguna razón. Todo es perfecto y solo podremos llamar fracaso a algo que no aprendimos. Cada “problema” es una bendición, que nos hace crecer y nos da fuerza. Lo mejor es relajarnos, respirar y decirles “gracias”.

Si podemos mostrarles esto, también habremos aprendido su mayor lección; que es aferrarnos a la alegría, la paz y la pureza de corazón. Después de todo, es nuestro derecho de nacimiento.

Con amor,


Publicado: 10-06-2019
 

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